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LIBERALES DEL XVIII y VASCOS
El nuestro seguía siendo un país campesino, inculto y atrasado, con un pueblo cerril im­permeable a toda idea renovadora. Además, había que contar con el inmenso poder de la Iglesia, gran enemiga de toda inno­vación, y con la resistencia de la nobleza, anclada en sus privile­gios de clase. El rústico cacique se cerró al progreso, adoctrina­do por el cura en pausadas tertulias de bizcocho y chocolate, en el cuarto de respeto, con señoras de misa y comunión diaria en­lutadas y dignas.

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INDICE DE ESTA PÁGINA
La Época
Los amigos de Goya
Floridablanca
Puttana Pía
Cómo eran
Sus Logros
LA ÉPOCA
Los ilustrados o LIBERALES fundaron Sociedades de Amigos del País desti­nadas a catequizar a sus compatriotas sobre los beneficios de la libre empresa y a divulgar las modernas técnicas agrícolas y ar­tesanales. Estas propuestas hallaron escaso eco. España ya era, irremediablemente, diferente.
En otros países, los ilustrados habían impulsado sus reformas apoyándose en una activa e in­quieta clase media. En España esa clase que debía suministrar los misioneros del progreso no existía. El nuestro seguía siendo un país campesino, inculto y atrasado, con un pueblo cerril im­permeable a toda idea renovadora. Además, había que contar con el inmenso poder de la Iglesia, gran enemiga de toda inno­vación, y con la resistencia de la nobleza, anclada en sus privile­gios de clase.
El rústico cacique se cerró al progreso, adoctrina­do por el cura en pausadas tertulias de bizcocho y chocolate, en el cuarto de respeto, con señoras de misa y comunión diaria en­lutadas y dignas.
La Iglesia tenía una fuerza tremenda y no es­taba por la labor de acatar ideas disolventes llegadas de Francia, donde eran enarboladas por ateos y librepensadores de la calaña de Voltaire y Rousseau.
La Revolución francesa, con su secuela de subversión social y aniquilamiento de la aristocracia vino a dar­les la razón desde su particular punto de vista. Ningún ministro ilustrado se atrevió a lidiar el inmenso toro negro de la Iglesia. Juntando mucho valor, a todo lo que llega­ron fue a expulsar a los jesuitas (una medida que ya habían to­mado Francia y Portugal), lo que, a la postre, no trajo conse­cuencia alguna, porque la pluriforme y adaptable Iglesia siguió obstaculizando el progreso.
La renovación económica no tuvo más suerte que la social.

Naturalmente los ilustrados propusieron una reforma agraria que pusiera a producir a las grandes fincas mal cultivadas o dedi­cadas a dehesa ganadera en Andalucía, Castilla y Extremadura.

La idea era buena pero no hubo gobierno que se atreviera a po­nerle el cascabel gato. La gran aristocracia y la Iglesia, pro­pietarias de la tierra, eran todavía dos escollos formidables contra los que ningún ministro quería hacer naufragar su carrera política.
La Iglesia había acumulado un gigantesco patrimonio agrícola procedente de donaciones pías inalienables (manos muertas) que estaba, como casi todo lo demás, pésimamente ad­ministrado.
Quedaba la industria, el último cartucho. Pero la industria no consiguió despegar de la mera producción artesana para mercados regionales o poco más y preferentemente en la perife­ria (textiles en Cataluña, hierro en Vasconia, pesca en Galicia y Andalucía) mientras que el centro de Castilla permanecía com­parativamente atrasado.
Algo remedió la supresión del monopo­lio del comercio americano, que había pasado de Sevilla a Cá­diz, y la liberalización de la economía colonial combinada con su reestructuración administrativa.
Inmediatamente los im­puestos americanos se multiplicaron con gran alarma de las oli­garquías locales que ganaban más estando peor administradas. En ese clima de descontento se fue preparando el terreno para los movimientos independentistas que estaban a la vuelta de la esquina.
Tampoco encantó a los ingleses, que estaban acostum­brados a hacer grandes negocios en América aprovechando la incompetencia comercial española.
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Carlos III hubiera sido relativamente feliz de no andar preocupa­do por las crecientes muestras de imbecilidad que le daba su hijo y heredero. Por ejemplo, en una tertulia cortesana en la que se conversaba sobre esposas adúlteras, el príncipe, futuro Carlos IV, dejó caer:
-Nosotros los reyes, en este caso, tenemos más suerte que el común de los mortales.
-¿Por qué? -quiso saber su augusto y algo amoscado padre.

-Porque nuestras mujeres no pueden encontrar ningún hom­bre de categoría superior con quien engañamos.

Carlos III se quedó pensativo y luego sacudió la cabeza y murmuró con tristeza:
-¡Qué tonto eres, hijo mío, qué tonto! ¡Las reinas también pueden ser putas!

Éste era Carlos IV, un infeliz grandón y brutote, sonrosado y regordete, quizá un pelín feminoide, de mínima cabeza, ojos va­cunos y enorme nariz borbónica. Hasta que sus obligaciones lo ataron al trono solía campar por las cocheras y cocinas de pala­cio donde se sentía más cómodo que en los salones y prefería departir en corrillos de criados y palafreneros antes que en tertu­lias y consejos de ilustrados.

Lo casaron con su prima María Luisa de Parma (de quien re­cibió el nombre la "hierba luisa",) seguramente la reina menos agraciada que ha tenido España, quizá hasta Europa, la cual le salió además ninfómana sin que sepamos a ciencia cierta la parte que cupo al monarca en los catorce hijos (y diez abortos) que tuvo.

Por lo menos uno de ellos, el infante don Francisco de Pau­la, se parecía a Godoy abominablemente. Este Godoy era un jayán guaperas con tendencia a la obesidad que fue su amante casi oficial durante toda la vida.

Es fama que la reina le echó el ojo cuando era un simple guardia de corps en palacio y lo en­cumbró hasta el rango de príncipe de la Paz y valido todopode­roso del rey.

Como en el más civilizado menáge a trois, el rey salía de caza todos los días para que Godoy en su ausencia pudiera visitar los aposentos de la reina. El valido utilizaba un pasadizo secreto para mayor comodidad. El caso es que diversos indicios inducen a sospechar que quizá el rey era tan imbécil que ignoraba el asun­to del valido con su mujer, a no ser que pensemos que era un redomado farsante.

En una ocasión comentó confidencialmente a la reina: -¿Sabes lo que murmura la gente? Que a Manolito lo man­tiene una vieja rica y fea.

La correspondencia íntima de la reina con Godoy está reple­ta de emotivos detalles, como corresponde a una pareja romántica. Le comunica, por ejemplo, que le ha bajado la regla, "la no­vedad, mis achaques mensiles".

María Luisa también le fue infiel a Godoy, al que a veces al­ternó con un tal Mallo y con otros garañones cortesanos, pero, no obstante, parece que sintió un gran amor por el valido.

Ca­mino del exilio, solicitó "que se nos dé al Rey, mi marido, a mí y al príncipe de la Paz con qué vivir juntos todos tres en un para­je bueno para nuestra salud".

Al trío le tocó vivir una época de grandes cataclismos histó­ricos. Durante todo el siglo precedente, España había crecido bajo la tutela de la superpotencia de allende los Pirineos. De pronto, en 1793 la Revolución francesa decapitó al Borbón francés dejando a sus parientes españoles como huérfanos.

¡El pueblo en armas contra la opresión de la monarquía!

Un huracán republicano asolaba los palacios de las casas rea­les europeas y los castillos y mansiones de la aristocracia.

Las pesadas lámparas de cristal, los recargados aparadores, las cuberterías de oro, las vajillas de cristal tallado, los cortinajes de damasco, los clavecines taraceados de marfil, las silentes ar­pas en las salas de música, los bellos y suntuosos objetos que testimoniaban la explotación de los humildes por los privilegiados ya no eran contemplados con la misma arrogante segu­ridad de la víspera.

Algo se había alterado para siempre en la mecánica celeste.

Las aristocracias europeas temblaron ante la posibilidad de que cundiera el ejemplo francés en sus pro­pios reinos, los reyes que hasta ayer mantenían abiertas viejas rencillas dinásticas firmaron precipitadamente la paz y corrie­ron a alistarse en el banderín de enganche que abrían los ingleses, siempre oportunistas, contra su tradicional enemigo, Francia. Había que aplastar a todo trance a la naciente república antes de que cundiera su ejemplo.

En España la conmoción política del momento barrió a dos capaces ministros, Florida­blanca y Aranda, y puso el gobierno en las inexpertas manos de Godoy cuya única sabiduría política estaba en la cama de la reina.

Los Borbones españoles no podian dejar impune la ejecución de sus primos y mentores franceses a manos de los' los revoluciona­rios.

Declararon la guerra a Francia y arrastraron al país, conva­leciente aún de tantas miserias pasadas, a un nuevo desastre.

Los revolucionarios franceses, inflamados de ímpetu neófito, invadie­ron España por los dos extremos de los Pirineos y ocuparon Bil­bao, San Sebastián y Figueras.

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos, la indignación borbónica por el asesinato de los primos quedó en agua de borrajas.

Godoy, como una veleta bien engrasada, giró ciento ochenta grados para firmar una alianza con los franceses contra Inglaterra.

Una torpeza se tapaba con otra aún mayor. Nos llovieron los palos.

La escuadra inglesa, dueña del mar, cortó las comunica­ciones con América dejando a las colonias a merced de los pro­veedores ingleses o norteamericanos, y tan contentas porque ya las clases dirigentes miraban más por su bolsa que por la madre patria.

Como los portugueses se negaron a cerrar sus puertos a la flota inglesa, Napoleón, el nuevo dueño de Francia, decretó la invasión de Portugal.

Carlos IV, llorando, se lamentaba al em­bajador de Francia: -¡Ay, qué desgracia es ser rey y verse obligado a hacer la guerra contra la propia hija!

Se refería a la infanta Carlota Joaquina, casada con el rey de Portugal. Ésta es la que aparece con el rostro vuelto, mirando hacia atrás, en el célebre retrato de la familia real por Goya.

Manolito Godoy, ufano como un pavo real, la incipiente pan­za comprimida por el fajín de generalísimo, se puso al frente del ejército combinado franco-español. Fue un paseo militar que duró solamente dos días. En los jardines de Yelves los soldados cortaron un hermoso ramo de naranjas y Godoy se lo envió a la reina.

La "guerra de las naranjas" no prestigió a Godoy más que en los versos laudatorios de cuatro poetas subvencionados. En Es­paña nadie estaba contento. La nobleza porque se veía amena­zada por la política errática del valido, y el pueblo bajo porque la carestía de la vida estaba alcanzando extremos insoportables.

Mientras tanto, Godoy jugaba a la alta política. Esperaba inge­nuamente que Napoleón compartiera Portugal con él. Muy al contrario, el socio francés, con el pretexto de la conquista de Portugal introdujo tropas en España y dispuso guarniciones en lugares estratégicos.

Napoleón no iba a conformarse con Portu­gal, también aspiraba a España.

En su papel de comparsa, España unió su flota a la de Francia, que intentaba burlar el bloqueo naval inglés y desembarcar tropas en Gran Bretaña.

Inglaterra las aniquiló en Trafalgar, cerca de Cádiz, el mayor desastre naval de la historia de España, tan pródiga, por otra parte, en desastres navales.

Fue una derro­ta por goleada: la coalición franco-española perdió veintitrés na­víos, los ingleses solamente cinco.

historia vascos moratin
LOS AMIGOS DE GOYA

Goya y Ceán Bermudez se enfundaron en sus capas y tomaron los sombreros para salir apresuradamente de la casa del pintor, una vez que Agustín Ceán hubo reparado en la hora que era y en los pocos minutos que faltaban para que la entonces amante del artista, Josefina Tudó, comenzara su actuación en la fonda de San Sebastián, en la esquina de la plaza del Ángel.

De hecho, ya comenzaba a anochecer cuando abandonaron el estudio de la calle Desengaño.

-Desde que los franceses le cortaron el cuello al rey de Francia nuestras cosas con Francia van cada vez peor -le comentó Ceán a su amigo mientras andaban hacia la taberna.

Tanto uno como otro, aunque fuera por razones distintas, estaban muy interesados en las cosas de la política y no era raro que ese asunto ocupara gran parte de sus conversaciones.

Y motivos tenían, porque después de la pri­sión de Cabarrús sucedió que Floridablanca fue destituído enseguida y Car­los IV reclamó al conde de Aranda, que estaba en París de embajador, para que se hiciera otra vez cargo del gobierno.

Fueron malos días para los amigos de Cabarrús y Jovellanos, porque hasta Agustín Ceán fue represaliado: que recibió la orden de abandonar Madrid cuanto antes y partió para Sevilla para organizar los archivos de Indias.

Pese a todo, la vuelta a España del jefe del partido aragonés alivió la política antifrancesa de Floridablanca, pues no en vano Aranda, amigo de Voltaire y tantos otros personajes comprometidos con la revolución, volvió a tender puentes con el gobierno francés.

Fue el momen­to de Godoy, que terció en la crisis refrenando las posiciones de Aranda y con­virtiéndose, aunque fuera sólo circunstancialmente, en portavoz de los realistas españoles que veían en el aragonés un anticlerical y desconfiaban, profundadamente, de sus convicciones monárquicas.

Esa posición, la de estar en medio de unos y otros, daba especial fuerza a las opiniones de Godoy, que se acabó convirtiendo en el hombre fuerte del gobierno.

Godoy aprendió en esos meses, y lo aprovecharía para siempre, lo que era gobernar en equilibrio entre una aristocracia reaccionaria, absolutista, centralista y contraria a las reformas, y los grupos liberales, republicanos en el fondo.

Y el partido arago­nés, más reformista y partidario de una cierta forma de descentralización aun­que sin llegar a suscribir las posiciones radicales de los liberales.

-Pues la culpa la tuvo el Bórbón -dijo Goya-. Si no si hubiera escapado con su zorra y hubiera tragado por donde le decían aún tendría la cabeza sobre el cuello.

Y Goya tenía razón, porque la estúpida huída de Luis XVI con María Antonieta en junio del 1791 precipitó las cosas de manera innecesaria, tanto que cuando los detuvieron en Varennes acabaron de firmar su sentencia de muene.

Cuando el pueblo de París asaltó un año después las Tullerías y cons­tituyó la Convención Nacional, los Borbones franceses ya vivían de prestado.

La detención del rey francés cambió las cosas en España, y fue entonces cuan­do Floridablanca salió del gobierno después de que ordenó cerrar fronteras y requisar los bienes de ciudadanos franceses en España.

La gota que colmó el vaso de la debilitada posición de Floridablanca, que había hecho responsable a la Convención de lo que pasara con la yida de Luis XVI, fue que acusara públicamente a la reina María Luisa de tener por amante a Godoy, cosa que hizo delante de Carlos IV.

En esa crisis desempeñaron un papel determinante Bourgoing, el embajador francés en Madrid, y el marqués de Branciforte, un tipo estrafalario que conspiró todo lo que pudo contra Floridablanca y que consiguió que con el cambio de gobierno lo nombraran gobernador y comandante militar de Madrid.

Este "hombre fue uno de los puntales que usó Godoy en su impara­ble ascenso al poder, dado que el extravagante marqués se había congracia­do con el nuevo amante de la reina y para asegurar sus favores se casó con su hermana, Antonia Álvarez de Faria.

De ese parentesco le venía el vínculo con el emergente político y de él se valió Godoy, también, en su irrefrena­ble carrera. Branciforte era el que comandaba, con Manuel Godoy y su her­mano Luis, el "comité secreto de la reina".

Este comité sirvió para que los tres se cobraran dos millones del duque de Orleáns, por mediación de Francois Gallieres, para impedir que España actuara contra la revolución. Y para eso tenía que salir Floridablanca, y lo consiguieron.

En febrero del 92 los reyes llamaron a Aranda, que por entonces tenía treinta y tres años, para que fuera a Aranjuez y se hiciera cargo del gobier­no, mientras Floridablanca se retiraba a sus propiedades de Murcia, de las que poco después saldría detenido.

Con esa sustitución se alejaba el riesgo de una guerra entre España y Francia, que era la intención de Floridablanca, y Godoy consolidaba su poder, que para esos días y en una carrera de poco más de un año ya había alcanzado la condición de mariscal de campo, gen­tilhombre de cámara con ejercicio, teniente general, sargento mayor de la C;uardia de Corps y beneficiado de la Gran Cruz de Carlos III. Godoy aca­baba de alcanzar la cima de su carrera.

La especial relación de Godoy con María Luisa de Parma, desde que la había conocido como princesa de Asturias, había dado estabilidad a la casa Borbón en España, contra lo que decían los viejos aristócratas.

No era una exageración afirmar que, gracias a ese extraño ménage a trois de don Car­los, María Luisa y Godoy, los Borbones españoles todavía conservaban la corona... y la vida.

Lo que había pasado en Francia podía pasar en España perfectamente, y si la revolución no había cuajado del Pirineo para abajo era, en gran medida, por la política de centro de Godoy.

En ese extraño mundo de casualidades que a veces produce la historia de los pueblos había sucedido que dos países vecinos estuvieran regidos, a la vez, por dos reales matrimonios de características muy similares.

Luis XVI, al igual que Carlos IV, era un hombre corpulento, obeso, de aspecto eunucoide, bondadoso, indolente y poco afecto a las tareas de gobierno.

Para más casualidad ambos compartían gusto por las manualidades y la caza y los dos eran tibios en las tareas de la cama y fervientes en las obligaciones religiosas.

Siete años tardaron Luis y María Antonieta en consumar el matrimonio, y casi tantos Carlos y María Luisa en alumbrar su primer vástago.

Ellas, sus esposas, presentaban ambas un perfil muy similar y bien distinto, en todo caso, del de sus mansos maridos. María Antonieta, una austriaca, y María Luisa de España, una italiana, eran extranjeras en las tierras de sus maridos.

Ambas eran ambiciosas, dominantes, frívolas Y viciosas del lujo y de la política y ambas buscaban fuera del lecho conyugal dónde abrevar su sed carnal.

Y si bien en los maridos las coincidencias eran tales que hasta en su molicie se asemejaban, en el caso de ellas la igualdad estaba en el gusto común por los amantes de lance y poco más.

A partir de ahí empezaban las diferencias.

María Antonieta, una frívola e inconsistente damita, tan ajena como Luis XVI a las cosas del gobierno, se refugiaba en sus habitaciones del Triannon versallesco para aislarse de cuanto pasaba en Francia y dedicarse a los placeres de la carne. Lo mismo le daba con el conde Felpen, que con su amiga la Polignac, porque a la austriaca ninguna de las dos orillas le era amarga.

Y ello dejando que la política francesa avanzara hacia la Revolución de julio sin que a ella le concernieran más que las aventuras versallescas, los enredos de protocolo, y sus peleas domésticas con sus cuñadas y con el cardenal de Rohan.

Para María Luisa de Parma, sin embargo, los hombres que calentahan su alcoba eran parte, casi siempre, de su política de gobierno. Para María Luisa más austera en el gasto que la austriaca, el sexo era una parte de su vida, Pero no su vida toda sino un instrumento.

María Luisa supo hacer lo que María Antonieta nunca imaginó: incorporar al gobierno a su tunante, hacer una especialísima "trinidad".

Godoy, que debía exclusivamente a la corona su puesto en el gobierno, no podía obrar contra la mano que lo sostenía --eso era evidente-; pero, por sus fueros, tenía claro que no podía gobernar conforme a los intereses de aquellos que, como en Francia, habían perdido el cuello barridos por la histo­ria.

Ni por talante, ni por condición, ni por inteligencia, Godoy estaba dis­puesto a hacer el caldo gordo a la reacción nobiliaria española.

Ésa fue la habilidad de María Luisa: ceder el gobierno a un hombre inteligente, ambicioso y desclasado que pactó de inmediato con los liberales para hacerlos suyos y conjurar así la explosión revolucionaria republicana.

Fue Godoy quien, gracias a esa alianza con María Luisa, por una parte, y Jovellanos y los suyos, por otra, cercenó la capacidad política del partido reaccionario, los aristócratas amigos de la de Alba, y, de paso, salvó la corona española.

Prueba de ello era que Godoy había conseguido reconducir las relaciones de España con Francia evitando la guerra con sus amigos de la Convención y preservando las posiciones realistas. Godoy se había convertido en centro político, y no sólo eso sino también, y eso era lo más importante, enequilibrio de un matrimonio desquiciado en que él no sólo era el tercer o cuarto amante de la reina, sino el amigo de los dos, su protector y, cada vez más, el único punto de referencia sólida en una corte que estaba a dos pasos de dar con los muebles en la calle.

Que Godoy incluyese a los liberales en su Gabinete era una salvaguardia para impedir que esos amigos de circunstan­cias derivaran hacia posiciones revolucionarias; que procurara la libertad de ideas y tranquilizara a los aristócratas, y que concluyera la guerra con Francia venía bien a España y, cómo no, a sus amigos franceses.

Mientras, Godoy seguía trazando su carrera política: en abril había con­seguido de Aranda el título de duque de Alcudia, con grandeza de España, así como la condición de consejero de Estado y primer secretario del Conse­jo.

Y, por si le faltara algo, fue el mismo viejo jefe del partido aragonés quien lo propuso para el Toisón de Oro, que antes ya le había dado la reina en la cama con el beneplácito de su linfático y consentidor esposo.

Y mientras en España ARANDA se hacía con los mandos del gobierno, las cosas en Francia iban por otro camino. Tras las matanzas indiscriminadas de presos realistas que estaban en las cárceles, las cosas se decantaron muy deprisa y el 21 de septiembre, el día del equinoccio de otoño, la Convención Nacional proclamó la República Francesa en su primera asamblea.

Aranda estaba dispuesto a aceptar, incluso para España, ciertas medidas revolucio­narias, pero nunca la Revolución y menos aún la República.

Al viejo aristó­crata aragonés, tal vez por orgullo, le costaba entender que a las viejas jerarquías de obispos y nobles las habían barrido de la Historia, en un momento, unos nuevos grupos de poder, los burgueses y las organizaciones pupulares de los que no tenían nada, y eso lo ofuscó.

Aranda, que deseaba la guerra de Francia con Austria y esperaba la victorial austriaca, pensaba con eso ganar por la mano a los revolucionarios, pero todo sucedió al revés y cuando cayó la monarquía francesa cayó, en cierta medida, el gobierno del conde de Aranda.

Godoy convenció a los reyes, asustados ante el cataclismo francés, para que titularan como primer ministro, y la verdad es que lo tuvo fácil porque María Luisa de Parma nunca había sentido simpatías por el por el aragonés, ya que Aranda y sus amigos no cejaban en recordarle su oposición al centralismo borbónico y hacían gala de sus continuas reivindicaciones forales.

Godoy maniobró asesorado por el nuncio apostólico Vicenti, que era enemigo de Aranda por considerar al político aragonés un masón y un descreido, y vio expedito el camino para ocupar el puesto que ambicionaba.

El jueves 15 de noviembre, a las ocho y media de la noche, los reyes mandaron llamar al conde de Aranda a palacio. Allí lo esperaba María Luisa de Parma. "Aranda, estarás muy cansado con la vida que haces -le dijo cuan­do el ministro se levantó de la reverencia-, y es que te queremos conservar para cosas mayores." Aranda comprendió que lo destituían.

La verdadera sorpresa se la llevó Aranda en casa de Valdés, que era ministro de Marina, cuando horas más tarde se enteró de que lo iba a sustituir Godoy. Curiosamente, su flamante sucesor también había asistido a la entre­vista del conde con los reyes, ya que Godoy iba acompañando a María Luisa, y nudie le había mencionado en palacio quién habría de sucederle.

En París, donde la noticia se conoció en diciembre, gustó el nombra­miento del nuevo ministro por ser Godoy, en el fondo, favorable a los inte­reses de la Convención y defensor de Cabarrús, que era persona muy respetada en los círculos revolucionarios.

Godoy dictó inmediatamente la libertad de Cabarrús y sus amigos, y Ceán Bermúdez pudo volver a Madrid desde la ciudad de Sevilla, adonde lo habían enviado para servir en el Archi­vo de Indias como castigo por su colaboración con el financiero. Una vez en libertad Cabarrús, amistado con Godoy, volvió a prestar servicios a la coro­na española, esta vez para liberar a Luis XVI, cuya vida corría ya serio peli­gro.
En otoño los reyes encargaron a Cabarrús y a la marquesa de Santa Cruz, que era de origen austriaco y con fácil acceso a la reina de Francia, que mar­charan a París para entregar dos millones de libras a Danton, cantidad que, unida a lo que había entregado a Tallien el cónsul español en París, sumaba el precio por la libertad de Luis XVI.

Cabarrús y la marquesa de Santa Cruz partieron para atender la encomienda e incluso pensaron en Goya para que los acompañara, pero el pintor estaba muy desmejorado de salud.

Poco después, el 21 de enero de 1793, moría guillotinado Luis XVI.

La noticia de esa muerte afectó sinceramente a Godoy, que había procu­rado evitarla por todos los medios, y como las viejas familias nobles españo­las reclamaran venganza el nuevo ministro se vio en la necesidad de declarar la guerra a Francia muy a pesar suyo, por cuanto la muerte del rey francés se entendía como una agresión contra todos los Borbones, y buscar una nueva alianza con Inglaterra.

En marzo de 1793 las tropas españolas inva­dían el Rosellón, pero al año siguiente los franceses invadieron Cataluña y Guipúzcoa.

-¿Quién. nos mandará estar en guerra ahora con Francia cuando allí gobiernan, por fin, nuestros amigos?

-Los de siempre, Agustín, los de siempre. Que las guerras no las quie­ren los pueblos pero las traen sus jefes -le contestó Goya cuando estaban a punto de llegar a la taberna.

-De las guerras nunca sale nada bueno... -remachó Ceán.

(De la obra "Los Perdedores de la Historia" de G. Cortazar)
historia vascos FLORIDABLANCA
FLORIDABLANCA

Su formación académica se desarrolla en su ciudad natal, cursando estudios de Leyes que le permiten alcanzar a los 20 años el título de abogado.

Su relación con personajes influyentes de la corte como el duque de Alba o el presidente del Consejo de Castilla, Rojas, le permite alcanzar el cargo de fiscal de lo criminal en el Consejo de Castilla (1766).

Será enviado a Cuenca para investigar el motín que se produjo contra el ministro Esquilache, poniendo de manifiesto en el procedimiento su pertinaz defensa del regalismo.

Junto con Campomanes, será uno de los defensores de la expulsión de los jesuitas (1767) e inicia una serie de expedientes en los que se revisa la relación de la Monarquía con la Iglesia, destacando el "Expediente del obispo de Cuenca" en el que contestaba a un escrito en el que el obispo se quejaba de la política religiosa seguida por Carlos III.

Moñino será enviado a Roma como embajador y en recompensa a los trabajos realizados para la Corona, el rey le nombra conde de Floridablanca.
Su siguiente ascenso será en 1777 cuando es designado primer secretario de Estado, cargo que ocupará durante quince años.

En este periodo se encontrará con la oposición del llamado "partido aragonés" encabezado por el conde ARANDA, partidario del tradicional peso de los Consejos en detrimento del poder de las Secretarías.

Floridablanca llevará a cabo un intenso programa de reformas, especialmente en cuestiones administrativas al intentar crear un Consejo de Ministros con el objetivo de dotar de mayor rapidez y competitividad a los órganos ministeriales.
Estas reformas contaron con la oposición de los "aragoneses" que consiguieron retirarle del poder en 1792. Su política exterior estaba encaminada a obtener una ventajosa posición respecto a Inglaterra -fruto de esta política será la recuperación de Menorca (1782)- y una menor dependencia de Francia, al tiempo que estableció una estrecha colaboración con Portugal y una hábil relación con los reinos no cristianos.
Tras su caída en 1792 sufrió un breve cautiverio en Pamplona, retirándose a su Murcia natal hasta que en 1808, con motivo de la renuncia de Carlos IV y la invasión napoleónica, fue elegido presidente de la Junta Suprema Central, falleciendo ese año en Sevilla.
PUTTANA PIA
historia vascos ISABEL II

Fue Isabel II una niña algo corta de entendederas y de tan descui­dada educación que era prácticamente analfabeta. En lo que re­sultó precoz fue en el sexo, en parte porque había heredado el carácter ardiente y lujurioso de la familia y en parte porque fue corrompida por sus propios tutores.

A los trece años la decla­raron mayor de edad y a los dieciséis la casaron con su primo Francisco de Asís, ocho años mayor que ella y descendiente tam­bién de Felipe V, el primer Borbón español.

Francisco de Asís era un bisexual notorio escorado a maricón y voyeur.

"¿Qué puedo decir -se lamentaba Isabel- de un hombre que en nues­tra noche de bodas llevaba más encajes que yo?"

El pueblo, con mordaz ingenio, lo apodó Pasta Flora y Doña Paquita.

Creció Isabel, más a lo ancho que a lo alto, y se convirtió en una reinona gorda y fofa, castiza y chulapona, hipocondríaca y fecunda, que trasegaba fuentes de arroz con leche como el que come aceitunas.

La reina era muy fogosa y tuvo decenas de aman­tes, uno de los cuales, Carlos Marfori, llegó a ministro de Colo­nias.

Tuvo Isabel once hijos de los cuales le vivieron seis. Los historiadores han echado cuentas y al parecer los que nacían muertos o morían a poco eran los que engendraba de su primo y esposo.

Los otros los tuvo con distintos amantes, el pri­mero, una hembra, del apuesto comandante José Ruiz de Arana, y el siguiente, un varón, el rey Alfonso XII, del bizarro capitán de ingenieros Enrique Puig Moltó.

Más adelante otras tres hem­bras de su agraciado secretario particular, don Miguel Tenorio de Castilla.

Sepa el lector que desde el punto de vista dinástico no es mayor problema que Alfonso XII fuera hijo adulterino pues la ley española, fiel al código napoleónico, sostiene que todo hijo nacido dentro del matrimonio tiene por padre al marido. Ahora, con tanta prueba genética, no sabemos en qué acabará la cosa.

Por cierto que, para que se vea el carácter llano y borbónico de la reina, al ginecólogo que auscultándola predijo que estaba embarazada de un varón (Alfonso XII) le concedió el título de marqués del Real Acierto.

Dos influencias predominantes hubo en la corte de los mila­gros, como se llamó despectivamente a la de Isabel II: el confe­ sor de la reina, el padre Claret, un minúsculo y enjuto clérigo atormentado por la permisividad sexual de los nuevos tiempos, y sor Patrocinio de las Llagas, una monja histérica y falsaria que había sido procesada por fingidora de milagros y que apro­ vechando que la reina, simplona y entregada, era incapaz de negarle un favor, se convirtió en una pía agencia de empleo que colocaba a sus recomendados en los mejores puestos de la administración pública (haciendo con ello desleal competencia a la reina madre).

Al final de la regencia de la reina gobernadora, el general Esparte­ro había gobernado dictatorialmente, con las Cortes disueltas. Un pronunciamiento lo derrocó y restituyó una sombra de gobierno parlamentario que nuevamente desembocó en dictadura, esta vez con el general Narváez.

Y después de Narváez, en 1854, tras otro pronunciamiento, gobernó el general O'Donnell que llegó a un acuerdo con Espartero para encabezar dos partidos que se alternaran en el poder, la Unión Liberal de O'Donnell y los moderados de Narváez.

La política nacional no era aburrida ni pre­visible, porque a los endémicos pronunciamientos, con su secuela de movilizaciones funcionariales, destierros de unos y regresos triunfales de otros, había que sumar una guerra en África (en la que Juan Prim tomó Tetuán), y otra en el Pacífico.

Hacia mediados de siglo la economía del país comenzó a prosperar y las inversiones de capital extranjero, especialmente francés, hicieron posible un cierto despegue económico: se abrie­ron fábricas textiles en CATALUÑA y acerías en el PAIS VASCO, se in­tensificó la explotación minera, se tendieron ferrocarriles.

En este propicio ambiente surgieron los primeros especuladores, como el marqués de Salamanca, y una oligarquía de industria­les enriquecidos, que constituyeron dinastías bancarias y em­presariales de las cuales algunas perduran todavía.

El Papa, siempre al quite, apoyó la nueva orientación de la monarquía, tan conveniente para los intereses de la Iglesia.

Años antes se había resistido a bautizar al Alfonso XII por ser hijo adulterino, pero echando pe­lillos a la mar, y comprendiendo que si la monarquía caía la Igle­sia perdería su secular aliado, no vaciló en apoyar a Isabel y has­ta la condecoró con la más alta distinción vaticana, la Rosa de Oro.

"Santo Padre, ¡es una puttana!", objetó un cardenal de la curia.

A lo que Pío IX replicó: "Puttana, ma pia."

El ala progresista, en vista del viraje autoritario de Isabel, se agrupó a la sombra del general Prim, que odiaba a los Borbones, y de otros destacados generales, Serrano y Domínguez.

En 1868, el pronunciamiento de .una parte del ejército fue secundado por el pueblo en lo que se ha llamado Gloriosa revolución.

El voluble y tornadizo pueblo, por el que Isabel se creía adorada, se echó a la calle al grito de "Abajo la Isabelona, fondona y golfona" y el ge­neral Serrano, antiguo amante de Isabel, derrotó a las tropas de la reina en,la batalla del puente de Alcolea (aún existe el puente, bello y de piedra, cerca de Córdoba).

Así terminaron los marchi­tos esplendores de la corte de los milagros. Isabel, que estaba ve­raneando en San Sebastián, sólo tuvo que recorrer unos kilóme­tros para ponerse a salvo en Francia:

"Creía tener más raíces en este país", declaró al traspasar la frontera.

Por Eslava Galán



CÓMO ERAN

Los ilustrados fueron una minoría culta formada por nobles, funcionarios, burgueses y clérigos. Básicamente se interesaron por:

Reforma y reactivación de la economía (preocupación por las ciencias útiles, mejora del sistema educativo).

Crítica moderada de algunos aspectos de la realidad social del país.

Interés por las nuevas ideas políticas liberales, aunque, en su mayor parte, no apoyaron planteamientos revolucionarios.

Su afán reformista les llevó a chocar con la Iglesia y la mayor parte de la aristocracia. Pese a los afanes ilustrados, la mayoría del país siguió apegada a los valores tradicionales.

Podemos distinguir varias etapas:

En la primera mitad de siglo destacan Feijóo, cuya obra se centro en la divulgación de la ciencia de Newton y en la crítica a los prejuicios tradicionales y las supersticiones (Teatro Crítico, 1726) y Mayáns.

Durante este período se crearon las principales Academias, instrumento de difusión de las luces, Se establecieron la Real Academia de la Lengua, Medicina, Historia, Bellas Artes de San Fernando, y, junto a ellas, el Jardín Botánico y Gabinete de Historia Natural.

Tras el impulso reformista del reinado de Fernando VI, la ilustración llega a su apogeo en el reinado de Carlos III. Los ministros de este monarca, con espíritu renovador, trataron de elevar el nivel económico y cultural del país.

Los escritos de Campomanes, Jovellanos, Capmany o Cabarrús muestran la asimilación de las teorías económicas de la fisiocracia y del liberalismo económico.

Fruto de ese interés por los asuntos económicos y sociales fue la creación de las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País, preocupadas por la difusión de las “ciencias útiles” y el desarrollo económico.

El interés por la educación y el progreso científico se concretó en la creación de nuevas instituciones de enseñanza secundaria (Reales Estudios de San Isidro), de enseñanza superior (Colegio de Cirugía, Escuela de Mineralogía, Escuela de Ingenieros de Caminos) y en la reforma de las Universidades y de los Colegios Mayores.

El desarrollo de las ciencias experimentales fue importante: Mutis y Cavanilles en biología, Ulloa y Jorge Juan en Astronomía y Cartografía, Piquer en Medicina.

También se desarrolló la literatura didáctica y crítica (Feijóo, Jovellanos, Cadalso y Moratín con su célebre El sí de las niñas, y se desarrolló la prensa y las revistas literarias y científicas.

historia vascos wolframio

SUS LOGROS

Las únicas medidas que se llevaron a cabo fueron el reparto de tierras comunales en Extremadura, la repoblación (fallida) de Sierra Morena bajo el gobierno de Olavide, la reducción de los derechos de la Mesta y algunas obras de regadío (Canal Imperial de Aragón, Canal de Castilla…)

Los ministros ilustrados aprobaron medidas para fomentar el desarrollo de la Industria. Se rompió el monopolio de los gremios en 1772; se establecieron, con escaso éxito económico, las Reales Fábricas, con apoyo del estado (armas, astilleros, vidrio, tapices…)

Las industrias textiles privadas catalanas (“indianas”) fueron más competitivas que las empresas estatales.

Con respecto al comercio se adoptaron medidas conducentes a integrar el comercio nacional, como la mejora de las vías comunicación o la supresión de las aduanas interiores.

Un decreto de 1778 estableció la liberalización del comercio con América, acabándose con el secular monopolio de la Casa de Contratación. Sin embargo, se mantuvo la política comercial proteccionista con respecto a las demás potencias.

En el terreno financiero, se estableció el Banco de San Carlos, antecedente del futuro Banco de España. En este período, aparece la peseta, aunque no será la moneda oficial del país hasta 1868.

Teniendo en cuenta la dinámica política se pueden distinguir dos períodos en los gobiernos de Carlos III:

1759-1766 Gobiernos de Esquilache y Grimaldi. Los intentos de introducción de reformas encontraron una viva reacción que culminó en el Motín de Esquilache en 1766.

Esta revuelta que estalló contra el decreto que obligaba a cambiar capas y sombreros tiene razones complejas. Podemos hablar de un motín popular “nacionalista”, contra el ministro italiano, manejado por el clero (jesuitas) y la nobleza para frenar las reformas. Los Jesuitas, acusados de fomentar el motín, fueron expulsados en 1767.

1766-1788 Gobiernos del Conde de Aranda, Floridablanca y Campomanes. Este período está dominado por los grandes ministros ilustrados que ensayaron diversas reformas económicas que finalmente no se llevaron a cabo por la oposición del clero y la nobleza.


vascos GENERAL MINA

VIDA DEL GENERAL MINA, PUBLICADO POR ÉL MISMO EN LÓNDRES 1825.

MIS PRINCIPIOS Y CAMPAÑA DE LA INDEPENDENCIA


Nací en Idozin; pueblo de Navarra á 17 de Junio de 1781. Fueron mis padres Juan Estevan Espoz Y Mina, y María Teresa Ylundain y Ardaiz, honrados labradores del país.

Luego aprendí á leer y escribir me entregué á las labores del campo; y cuando mi padre murió, quedé encargado de la pequeña hacienda que constituia el patrimonio de mi familia. Ahí viví hasta la edad de 26 años. Inflamado entonces mi amor-patrio con la alevosa invasion de Napoleon sobre la España, en 1808, despues de haber causado á los franceses cuantos males pude desde mi propia casa, la abandoné y senté plaza de soldado voluntariamente en el batallon de Doyle, el día 8 de Febrero de 1809.

Asociado poco despues á la guerrilla de mi sobrino Javier Mina, seguí en la misma clase de soldado hasta 31 de Marzo de 1810, que disuelta esta querrilla por la captura de dicho mi sobrino, siete hombres me reconocieron por su Comandante y con ellos principié á mandar.

Incontinente se me nombró Comandante en gefe de las guerrillas de Navarra, por la Junta de Aragon; destino que desempeñe desde 1.º de Abril de 1810, hasta 15 de Setiembre del mismo año. Sucesivamente obtuve de la Regencia del reino, que gobernaba durante la ausencia y cautividad de Fernando VII en Francia, los grados y mando siguientes; los cuales serví por el tiempo que se espresa.

Coronel graduado y Comandante general de las guerrillas de Navarra, sin dependencia de otro gefe, desde 16 de Setiembre de 1810, hasta 4 de Junio de 1811. Comandante general de infantería y caballería de la division de Voluntarios de Navarra, con retencion del mando de su primer batallon, desde 5 de Junio de 1811, hasta 18 de Noviembre del propio año. Brigadier de infantería con el mismo mando, desde 19 de Noviembre 1811, hasta 16 de Abril de 1812. Mariscal de Campo, en los mismos términos, desde 17 de Abril de 1812, hasta 4 de Junio del propio año.

Segundo general del séptimo egército, desde el 5 de Junio de 1812, hasta 6 de Setiembre del mismo año. Y comandante general del alto Aragon á la izquierda del Ebro, con independencia del general en Gefe del primer egército, y conservando los mandos anteriores, desde 7 de Setiembre 1812, hasta 3 de Octubre 1814.

Luego que fui nombrado Comandante en gefe de las guerrillas de Navarra, desarmé á todos los que estaban á la cabeza de ellas y señaladamente al llamado Echevarria. Este, bajo la máscara de guerrillero, con 600 á 700 infantes y unos 200 caballos era el terror de los pueblos, á quienes saqueaba y oprimia de mil maneras, lo que les obligó á representarme contra él. En sus consecuencia pasé á Estella el 13 de Julio de 1810; y habiéndolo arrestado por mí mismo dentro de una casa donde se hallaba, y con fuerza muy inferiores, el propio dia lo hice fusilar con tres de los principales cómplices, y reuní sus soldados á los que yo mandaba que no accedian entónces de 400 hombres de todas armas.

Durante esta campaña dí ó sustube, sin contar los pequeños encuentros, ciento cuarenta y tres batallas y acciones de guerra, de las que las mas distinguidas son por órden alfabético, las de Aibar, Añezcar, Arlaban, Ayerbe, Entre Salinas y Arlaban, Erize, Irorozqui, Lerin y Campos de Lodosa, Mañerú, Noain, Peralta de Alcolea y Cabo de Saro, Piedra millera y Monjardin, Plasencia, Rocafort y Sangües, y Valle de Roncal.

Y menos remarcables, aunque siempre gloriosas, las de Acedo y Aquijas, Alcubierre, Alfaro, Barasoain, Bericun, Biurrun, Boenete de Embiq, Campos de Lanz, de Mañeru, de Muruzabal, Canfran, Carrascal, Cartilliscar, Castillo de la Alfageria (en Zaragoza) Cirauqui, Egea de los Caballeros, Estella, Huertas de Zaragoza, Huesca, Jaca, Junto á Albaina, Lumbier, Mendigorria, Mendibil, Monreal, Nazar, Arcoz, Oyarzun, Puente la Reina, Pueyo, Sada y Lerga, Santa Cruz de Campezu, Sarasa, Segura, Sorlada, Sós, Tafalla, Tarazona, Tiebas, Tiermas, Sangüesa, Tudela, y venta de Oyarzun.

De las acciones que nombra el párrafo anterior, en la de Rocafort y Sangüesa con 3.000 hombres escasos derroté 5.000, les tomé su artillería é hice mas de 2.000 muertos, heridos y prisioneros: en la de entre Salinas y Arlabán destrozé completamente al enemigo, le hice como 700 muertos, aprisioné todo el convoy que conducia y rescaté de 600 á 700 españoles que llevaba para Francia, y en la de Mañerú aniquilé del todo, con pérdida de su artillería la division de Abbé de cerca de 5.000 hombres, pasé la mayro parte de la caballería al filo de las espada y perseguí los restos durante la noche por espacio de cinco leguas, hasta las puertas de Pamplona. Seria difuso é impropio de este estracto continuar la indicación de lo ocurrido en otras varias.

Entretuve en Navarra por espacio de 53 dias á 26.000 hombres que hubieran concurrido á la batalla de Salamanca, puesto que marchaban á reunirse al egército de Marmont, y cortando los puentes é inutilizando los caminos, impedí tambien el paso de 80 piezas de artillería, que de otro modo hubieran jugado en ella.

Contribuí al feliz resultado de la decisiva batalla de Vitoria; porque si con los movimientos que hice no hubiese impedido la reunion á los franceses de las divisiones Claussel y Foi, que contaban de 27 á 28.000 hombres, é interceptándoles su correspondencia, el éxito hubiera sido muy dudoso.

Entre todos los cuadros que mientras esta guerra se cuentan rotos en España, tres lo fueron por mí, á saber: el de Plasencia, donde, apésar de la superioridad del enemigo, hice prisioneros á 1.200 infantes y degollé á toda la caballería; el de Sangüesa, donde acometí á la columna llamada Infernal , le quité 900 hombres y perseguí las reliquias hasta Sós, y el de Lerin y Campos de Lodosa, donde puesto á la cabeza de mi caballería, y apésar de que el general Barbót se hallaba con 3.000 hombres á un tiro de fusil del campo de batalla, y que 6.000 hombres mas se encontraban á tres leguas, rompí repetidas veces el cuadro formado por los enemigos, que eran infanteria, é hice prisionera y muerta una columna de 1.100 hombres, de los que solo puedieron salvarse el gefe que mandaba y dos mas. Porque enfurecidos los franceses con los desastres que esperimentaban en Navarra y no poder esterminar más tropas, me empezaron á hacer una guerra horrorosa, en 1811, ahorcando y fusilando á cuantos oficiales y soldados míos caian en su poder, lo mismo que á los interesados de los Voluntarios, y llevando á Francia infinitas familias, dí el 14 de diciembre de dicho año una solemne declaración, compuesta de 23 artículos; el 1º de los cuales decia: "En Navarra se declara guerra á muerte y sin cuartel, sin distincion de soldados ni gefes, incluso el Emperador de los franceses" Y este género de guerra lo egecuté durante algun tiempo, teniendo siempre en el Valle de Roncal un cuantioso repuesto de prisioneros: si el enemigo ahorcaba ó fusilaba un oficial mio, yo hacía lo mismo con cuatro suyos; si él un soldado, yo veinte.

Así logré aterrorizarle y le obligué á proponerme la cesacion de tan atroz sistema, como se verificó.

El bloqueo de Pamplona que en consecuencia de otro artículo de dicha declaracion, incesantemente y con el mayor rigor sostuve 22 meses á costa de muchas batallas en las inmediaciones y aun en las puertas de la misma ciudad; fue causa de que esta importante, apurada hasta el último estremo, se rindiese por hambre, en Noviembre de 1813, á las tropas nacionales. El general España tuvo la suerte de entrar allí, cuando disposiciones inesperadas me habían llamado á otro punto.

Los generales franceses contra quienes hice esta campaña son Dorsenne, Claussel, Abbé, Caffarelli, Soullier, Reille, Harispe, Lafourie, D'Armagnac, D'Agoult, La-Coste, Bourgeats, Bison, Dufourg, Cassau, Panètier, Barbot, Roguet y Parin con otros muchos. Y aunque hubo á la vez dentro de Navarra diez y ocho de ellos ocupados en perseguirme, supe burlar los esfuerzos de todos.

Nunca sufrí sorpresa. Solo al amanecer del 23 de Abril de 1812, vendido por el partidario Malcarado, que estaba de acuerdo con el general Pamétier y habia retirado las abanzadas sobre Robres, me ví cercado en la poblacion por 1.000 infantes y 200 caballos, y acometido por 5 húsares en la puerta misma de la casa de mi alojamiento; pero defendiéndome de estos últimos con la tranca de la propia puerta; única arma que tenia á mano, mientras mi asistente Luis Gastón me preparaba el caballo, y montando en seguida, con auxilio suyo, salí, los ahuyenté y perseguí por las calles, quité á uno de ellos el brazo de un tajo, reuní luego algunos de mis valientes, dí muchas embestidas al enemigo, rescaté á varios de mis soldados y oficiales que habian sido hechos prisioneros, y continué batiéndome tres cuartos de hora largos para que pudieran salvarse los demas.

A este asistente le conservo siempre á mi lado como un amigo. A Malcarado y el suyo los hice fusilar al dia inmediato mientras se ahorcaba á tres Alcaldes y un Cura Párroco mezclados tambien en el complot.

En medio de tantos trabajos y fatigas como me rodearon continuamente y que á penas me dejaban un momento de reposo, no habiendo contado jamás con recurso alguno del Gobierno, ni pecunario ni de otra especie (son palabras de mi oja de servicios) pude crear, organizar, disciplinar y mantener una division de infanteria y caballería, compuesta de nueve regimientos de la primera arma y dos de la segunda, cuyo total al fin de la campaña ascendia á 13.500 hombres.

Mi division tomó al enemigo trece plazas y fuertes y mas de 14.000 prisioneros (no incluyendo los del tiempo que no se dio cuartel) con una inmensa artillería y cantidad de armas, vestuarios, pertrechos de guerra y boca &c. &c. &c. La entrega de ese número de prisioneros en Valencia, Alicante, Lerida, Costa de Cantabria y otros puntos á donde los hacia conducir, he acreditado oficialmente.

Del exámen consultivo de los estados de muertos, heridos y prisioneros españoles que rescaté, entre ellos algunos generales, muchos gefes y oficiales, y no pocos comandantes de partidas.

Fui herido repetidas veces de bala de fusil, de sable y de lanza. Llevo todavia una de las balas en el muslo, sin que jamás los facultativos hayan podido estraermela. Tuve cuatro caballos muertos y varios heridos en accion de guerra.

Mi cabeza estuvo puesta á precio por el enemigo desde fines de 1811.

Establecí para el surtido de mi division fábricas ambulantes, de vestuarios, monturas, armas y municiones, que á veces llevaba conmigo, y otras las hacia trabajar ó dejaba escondidas, como los almacenes, en los montes.

Para el sostenimiento de dichas fábricas y para el pago de mis tropas, hospitales, espionage y demas gastos de la guerra; solo conté con estos recursos. 1.º El producto de las aduanas que establecí en la frontera misma de Francia, habiendo llegado á poner en contribucion hasta la aduana Francesa de Irun; pues se obligó á entregarme, y con efecto entregaba mensualmente á mis comisionados, cien onzas de oro. 2.º El de los bienes nacionales, es decir, los rendimientos de todo género de rentas de la nacion, fincas de los conventos &c., que exigian los franceses y se los arrebataba por lo general á su convoyes. 3.º Las presas que además hacia á estos. 4.º Las multas con que castigaba á algunos malos españoles. 5.º Algunos donativos de nacionales y extrangeros.

Jamás impuse á los pueblos contribucion alguna ordinaria, ni extraordinaria, ni les exigí, sino las raciones de pan, vino, carne y cebada para los caballos con que contribuian gustosos. El Gobierno mismo lo dice en mi oja de servicios.

En el año de 1812, instalé con motivo del bloqueo de Pamplona un tribunal de justicia que residia cerca de mis tropas, bajo la misma forma en que estaba el de corte y consejo de Navarra; á donde acudieron los pueblos de ella, los de las provincias de Alaba y Guipúzcoa, y finalmente los del alto Aragon, á ventilar sus competencias.

Hice tambien que se me reuniese el tribunal eclesiástico, que hasta entonces habia existido dentreo de Pamplona, obligándole á salir de esta plaza; y así acabé de cortar todos los recursos á los franceses.

Cuando fui nombrado Comandante general del alto Aragon, mi primer cuidado fué purgar este pais de las cuadrillas de hombres armados que lo bejaban de muchas maneras, so pretesto de hacer en él la guerra, y despues de haber establecido igual sistema que en Navarra, formé tres batallones de infantería y dos escuadrones de caballería que servieron para aumentar mis fuerzas.

A principios de 1813, reuní ambos mandos por disposicion del Gobierno que me nombró Gefe político: destino cuyas funciones desempeñé procurando abrir las fuentes de la pública prosperidad y hacer reinar por todas partes el buen órden. Hecha la paz, el Rey Fernando que habia entrado en Madrid y deseaba conocerme, me envió su Real permiso para pasa á la Corte, como lo verifiqué á mediados de Julio de 1814.

En los veinte y cinco dias que permanecí en Madrid, obteniendo audiencias reservadas del Rey, hice cuanto estuvo de mi parte por convencerle de la equivocada marcha que seguia desde su regreso á España, y lo ominosas que le eran las personas de que estaba rodeado.

El resultado fue despertar una antigua intriga, cuyo objeto consistia en hacer que los regimientos de la division de Navarra, ya muy de antemano igualados con los demas del egército, se conviertiesen en cuerpos francos: lo que divulgado diestramente entre ellos, como cosa resuelta, produjo la desercion inmediata de 2.500 hombres: y al pretesto de esta, una Real órden mandándome que sin demora me presentase en mi division é hiciese juzgar militarmente á los desertores. Una simple proclama, dada en el momento que llegúe á Navarra, bastó para que se reuniesen á sus banderas.

Continué todavia á la cabeza de la division hasta que por mi tentativa sobre Pamplona la noche del 25 al 26 de Setiembre, con el objeto, que manifestaré hoy por primera vez, de proclamar la Constitucion y las Cortes (como el Gobierno me lo tiene confesado en mi oja de servicios) no puediendo permanecer mas en España, pasé a Francia el 4 de Octubre de 1814; momento infausto, pues me separaba de mi Patria y de mis valientes compañeros de armas, que tantos dias de gloria me habian proporcionado darles. Loor eterno les sea tributado!

MI PRIMERA EMIGRACION Y CAMPAÑA DE LA LIBERTAD

Emigrado en Francia y otros paises desde 4 de Octubre de 1814, hasta 22 de Febrero de 1820, me dediqué á adquirir todos aquellos conocimientos con que algun dia esperaba ser útil a mi Patria, cuya felicidad no perdia de vista un solo instante. El conde de Casa-flores, embajador de España en Paris, abrogándose facultades que no le competían, hizo que se me prendiese luego de mi llegada á aquella Corte.

Como veinte horas permanecí en la cárcel de la prefectura de policía; pero triunfé por fin de sus maniobras, y á los cinco dias tuve el gusto de verle subir al coche que lo debia conducir fuera de Francia.

Las leyes del pais, cuyo auxilio habia yo implorado, me protegieron desde luego, y el Gobierno de Luis XVIII dejó á mi eleccion el paraje donde quisiera vivir, que recayó en el pueblo de Bar-Sur-Aube en la Champagne, al que me trasladé.

Tambien me señaló aquel Gobierno una pension, así como á algunas de las personas que me habían seguido: esta pension, y los auxilios de la amistad, formaron todos nuestros medios de subsistencia. Por Marzo de 1815, entró en Francia Napoleon procedente de la Isla de Elba, é inmediatamente pedír mi pasaporte para Suiza que se me negó por tres veces.

Napoleon queria atraerme á su partido: sus agentes me presentáron proposiciones harto lisonjeras... Tan lisonjeras que pudieran hacer titubear... Pero Napoleon habia sido enemigo de mi Patria: Yo no podia transigir con él.

Salí pues de Bar-Sur-Aube sin pasaporte al amanecer del 29 de Mayo, y en la noche del mismo dia, ya llegó alli un oficial enviado por él para conducirme á su presencia. Cuando con la mayor precipitacion, y perdido hasta mi equipaje, puse el pie en territorio Suizo, los Gendarmes que me perseguian, estaban a tiro de pistola. No volví a Francia hasta que Napoleon habia salido para Santa Elena; y entónces fijé mi residencia en la capital.

Proclamada la Constitucion en España á principios de 1820, y vencidas las dificultades que se me opusieron para mi salida de Paris, en donde me hallaba observado noche y dia por la policia, atravesé la Francia y entré en Navarra el 23 de Febrero del mismo año.

Aunque desprovisto de todo género de recursos y no teniendo lugar seguro, á costa de desvelos, rodeado de nieves y perseguido por todas partes de órden del conde de Ezpeleta (que mandaba en Navarra como Virrey y Capitan general, lo mismo que al tiempo de mi emigracion) me proporcioné algunas armas y caballos; y habiéndoseme reunido un corto numero de oficiales, fuí el primero que en aquella provincia proclamó por segunda vez la Constitucion, según se hecha de ver por mi hoja de servicios y por mi proclama de 2 de Marzo.

En ella indiqué claramente la marcha que la revolucion debia seguir; ¡ojalá algunos hubieran pensado como yo! Un egemplar de este documento que conservo en mi poder, será acaso el único que existe: tal fue el empeño de que no circulase.

A pocos dias, habiendo permitido las nieves transitar los caminos, me trasladé á la Villa de Santistevan, en donde á la cabeza de 20 hombres, hice la publicacion solemne de la Constitucion, dirigiendo órdenes ó enviando comisionados á los pueblos para que egecutasen otro tanto.

Pamplona, capital de Navarra, que lo verificó asi el 11 de Marzo me abrió sus puertas, y entrado en esta plaza, recibí allí luego el nombramiento de Capitan general del egército y provincia de Navarra, hecho por el Rey con fecha de 21 del mismo mes, confirmándome ademas mi último empleo de Mariscal de Campo.

Desde la capitania general de Navarra, preví con mucha anticipacion todos ó la mayor parte de los sucesos que despues ocurrieron, principalmente en aquella provincia. Los espuse con energía al Gobierno; pero por desgracia sin fruto. Desatendido y falto por consiguiente de los medios necesarios para reprimir los movimientos que temia, y que bien pronto estallaron en Navarra, pedí mi traslacion á igual destino de capitan general en Galicia; lo que me fue otorgado en 16 de Enero de 1821.

En nueve meses que obtuve el mando militar de Galicia, desde fines de Febrero de 1821, hasta principios de Diciembre del mismo, recorri la mayor parte del Distrito, procuré mejorar el estado de las plazas y fuertes, arreglar el pequeño egército que allí había, cortar abusos de toda especie, rectificar é inflamar el espíritu público; con esto, y proteger las vigorosas disposiciones del gefe politico Puente, mientras el resto de España hervia en facciosos, se conservó aquel vasto pais sin uno solo de ellos; siempre destruyendo en su orígen las maquinaciones de los enemigos de la libertad.

El manifiesto que dí en Leon con fecha de 25 de Marzo de 1822, es uno de los documentos mas propios para conocer las ocurrencias de los últimos dias de mi mando en Galicia.

Susistí de cuartel en Leon desde mediados de Enero de 1822, hasta fines de Julio del propio año; durante cuya época hice con los Voluntarios Nacionales el servicio de simple soldado en repetidos momentos críticos. Yo no sé si esta ú otras pequeñeses habrian tenido alguna influencia; el hecho es, que tambien la provincia de Leon se mantuvo libre de facciosos todo aquel tiempo.

Ya la faccion liberticida habia progresado de tal modo, que el Rey por su decreto de 23 de Julio de 1822, se vió precisado á declarar en estado de guerra el pais comprendido en el 7.º distrito (Cataluña) ordenando que fuese ocupado militarmente por un egército de operaciones, y nombrándome para mandarlo en Gefe.

Inmediatamente pasé a Madrid y de allí á mi destino.

Tambien desde Zaragoza con fecha 2 de Setiembre manifesté enérgicamente al Gobierno la falsa idea que se le habia hecho concebir y en que subsistia, del verdadero estado de Cataluña, la ineficacia de las fuerzas y recursos que se habian puesto á mi disposicion para tranquilizar aquel pais, y las dificultades de conseguirlo: concluyendo con decir: yo deberia renunciar hoy el mando; pero acometo la empresa por lo mismo que es arriesgada.

Entré en territorio de Cataluña el 9 de dicho mes, con solo 803 infantes y 275 caballos, y el 10 del mismo, tomé en Lerida el mando de egército.

Los 33.000 facciosos dueños de casi todo el pais, posesionados de varias plazas y fuertes, protegidos por mucha parte de los pueblos, y, lo que mas hace, un centro de unidad ó gobierno cual era la titulada Regencia de España establecida en Urgel; é aquí los elementos que se presentaban en Cataluña. Pero puesto al frente de 1776 infantes y los mismos 275 caballos principié con ellos el 13 mis operaciones; y un mes y medio me fue bastante para organizar mi escaso egército, levantar el sitio de Cerbera y apoderarme de Castell-fullit.

Ordené la destruccion total de los edificios y fortalezas de este último pueblo, en castigo de la tenacidad de sus rebeldes habitantes y defensores, por desagravio del desprecio con que contestaron á las repetidas intimaciones que les hice, y para escarmiento de los demas, sobre sus ruinas, mandé poner la inscripcion siguiente. AQUÍ EXISTIO CASTELL-FULLIT PUEBLOS TOMAD EGEMPLO: No abrigueis á los enemigos de la Patria.

Esta medida, dictada y egecutada al principio de la campaña, produjo los efectos mas saludables, evitando el derramamiento de mucha sangre y acelerando considerablemente la pacificacion de Cataluña.

El mes siguiente tomé la plaza de Balanguer, batí y derroté á los facciosos en Torá, Aresa, Orcán, Pobla, Ballber y Puigcerdá, siempre con una tercera parte, ó menos de fuerza; y á vista y tolerancia de las tropas francesas que formaban el Cordon sanitario, arrojé en territorio francés los memorables dias 28 y 29 de Noviembre, millares de aquellos alucinados españoles, confundidos con la misma Regencia á quien privé hasta de sus papeles y efectos de Secretaría, que hoy dia conservo.

Vuelto de Puigcerdá el 4 de Diciembre sobre la Seo de Urgel, desalojé a los facciosos de esta ciudad, ocupándola el 8, y formalizé en seguida el bloqueo de sus fortalezas.

En este bloqueo que duró 74 dias, contra una numerosa, fanatizada y decidida guarnicion, cuyas provisiones de boca y guerra eran inmensas; sin una sola pieza que oponer á 46 montadas de artillería, en un pais mísero y esteril; en la estacion mas cruda y rigorosa, casi desnudos mis soldados, y aun á veces sin el necesario aliemento por la dificultad de las comunicaciones; teniendo que cubrir una escabrosisima y dilatada linea, para la que á penas bastarian sestiplicadas fuerzas; y últimamente presentando al mundo el estraordinario egemplo de ser tantos los bloqueadores como los bloqueados, venció por fin la constancia y el heroismo, y 600 facinerosos y ladrones que estraidos de las carceles componian en su mayor parte la faccion del cabecilla Romogosa, defensora de las fortalezas de Urgel, espiaron sus delitos la mañana de la evacuacion, quedando tendidos sobre el campo.

Entre las varias salidas que hice mientras tanto, una fue la de Bellver, pueblo á que con una pequeña columna de infanteria y caballeria que en junto compondrian 580 hombres, pasé personalmente y donde subsistí hasta 31 del mismo, imponiendo con tan cortas fuerzas en todo este tiempo á las diversas facciones, que por las alturas del frente proyectaban caer sobre la Cerdaña, devastar aquel pais, é incomodar, acaso el bloqueo de Urgel.

El 26 de dicho mes marché á la cabeza de mis ayudantes, 70 soldados escogidos y 40 paisanos, á recibir las municiones que por estar próximo á faltarme en Urgel y en otros puntos, me sacaba el general Roten hasta medio camino de Baga á Bellver. De esta expedicion verificada por montañas casi inaccesibles, abriéndonos camino entre espantosas moles de nieve y yelo, y con el riesgo eminente de perecer todos á cada paso, es bien seguro que los Cerdanes no perderán nunca la memoria.

Ascendí al empleo de Teniente general, por Real determinacion del mismo dia 26 de Diciembre de 1822.

En 20 de Enero de 1823, fue electo Comandante general del 7.º Distrito, reuniendo este mando al de General en gefe del egército de operaciones del mismo, que despues se llamó primero de éste nombre. Dueño de las fortalezas de Urgel el 3 de Febrero de 1823, atravesé por medio de los facciosos con la escassa comitiva de siete personas (entre ellas el Intendente de egército) las treinta y ocho leguas que hay desde aquel punto á Barcelona; me presenté el 10 repentinamente en esta plaza; exité el patriotismo de sus habitantes; reuní algunos fondos que necesitaba para socorrer mis tropas; y entré ya de regreso el 15 en Cerbera.

Allí recibí el 19 el nombramiento de Caballero gran Cruz de la órden nacional de San Fernando, con el Rey me habia condecorado el 13 del mismo, al saber la toma de dicha fortaleza. Como entónces era la primera vez que podia obrar en combinacion con las demas divisiones del egército, dispuse un movimiento general, por el que formando una línea desde Camprodón á Figueras, y haciendo reunir dentro de ella todas las grandes masas de facciosos, las obligué á abandonar el suelo español, y entrar en Francia simultáneamente el 17 de Marzo.

Quedaba ya libre la Cataluña. Asi es que por mi proclama del 1.º de Abril dije que la faccion estaba desecha; que habian cesado las operaciones, y tomé las medidas conducentes, tanto para esterminar las pequeñas cuadrillas de ilusos, convertidos en mal-hechores, cuanto para evitar que aquella renaciese. Pero la invasion francesa iba á verificarse. No me hallaba con gente ni con medios para contrarrestarle. Por tanto, convoqué en Vich á los cuatro Gefes Políticos del Distrito, acompañados de dos individuos de cada una de sus Diputaciones provinciales, con los poderes de ella.

Espúseles el triste estado del egército; y por resultado de las conferencias tenidas desde el 5 hasta el 8 de Abril, se me acordó, entre otras medidas, un subsidio de 30 millones de reales, destinados al aprovisionamiento de las plazas y á sostener las tropas durante el tiempo, que en las imposibilidad de hacer frente al enemigo, contemplé necesario para fatigarlo, diseminar sus fuerzas y atacarle con éxito.

Desgraciadamente la entrada de los franceses y facciosos en Cataluña el 13 y 14 por diferentes puntos, impidió hacer efectivo este subsidio, sino en una pequeña parte; sin embargo las plazas fueron abastecidas en lo posible; sus guarniciones arregladas del modo que había arbitrio; y con la pequeñísima fuerza de 6.000 hombres, me mantuve en el campo dos meses y medio largos contra todo el 4.º cuerpo al mando del Mariscal Moncey, que subía á 20.000 infantes y 2.500 caballos, secundados por 7.000 facciosos; y favorecido como estos por un partido de gran poder y por el mal espíritu de muchos pueblos.

Los movimientos, marchas y contra marchas que al efecto necesité hacer; las cuatro entradas que mientras tanto agecuté en Francia, con el doble objeto de mover aquel pais, y llamar la atencion de las tropas invasoras, dando así lugar á que las guarniciones de las plazas de Cataluña completasen sus víveres, por ser el tiempo crítico de la cosecha; los peligros de que logré libertarme y las pérdidas que causé al enemigo; fuera obra larga de detallar. Los partes de éste y el mapa de Cataluña, son los documentos que deben consultarse cuando se trate de decidir, si en ello, y haber evitado así que el enemigo se acercase durante tanto tiempo á Barcelona y otras plazas, como deseaba, hubo ó no algun mérito.

La retirada de Nuria á mediados de Junio, seria por lo menos, memorable si un temporal inaudito ocurrido en la mañana del 14, en la parte mas alta y nevada de Cataluña, levantando una horrorosa ventisca y haciendo desaparecer todo camino, no hubiese producido la separacion de mi columna, la pérdida de la mitad de ella, que quedó prisionera entre multitud de franceses y facciosos, despues de batirse tenazmente, y varias caidas personales mias, que me lastimaron considerablemente el pecho y casi inutilizáron una pierna. Con todo, á espensas de seguir marchando sin intermision 33 horas, perseguido y atacado por fuerzas diez veces mayores, pude salvar el resto y llegar el 15, á las doce de la noche á la Seo de Urgel.

Hubiera sido pronto é indefectiblemente cercado en esta plaza; pero para evitar tomé la resolucion de cambiar la gente estropeada que habia llevado, por otra de la guarnicion, salir de allí el 19 al amanecer y á pesar de todos mis males caminar hasta Barcelona donde entré el 5 de Julio casi moribundo.

Privado á esta época de muchos valientes que habian sido muertos ó prisioneros, y postrado en un lecho sin esperanzas mas que muy débiles de vida, tuve que lidiar cuatro meses con lo escandaloso de los que se disputaban el mando, creyéndome ya muerto, ó lo inescusable de los que desobedecian mis órdenes, (no diré ahora porque) con el deshonor de unos que abandonaban sus filas, y la infamia de otros que hacian entregar las plazas al extranjero, con la fuerza del enemigo en el esterior y sus manejos é intrigas en el interior, con la exaltacion de estos y el desaliento de aquellos; en fin con las necesidades mas absolutas y perentorias.

Algunos egemplares en personas de alta categoria hubieran sido tan justos como provechosos: el mal estuvo en que unas veces se me ocultaban ó desfiguraban las cosas por mi delicada situacion, y otras me impedia esta hacer lo que debiera. No obstante á fuerza de constancia y de firmeza en las ocasiones apuradas, en los compromisos terribles que me ví, lo superé todo; dispuse cinco salidas de la plaza por tierra; hice ejecutar un desembarco en la playa junto al destruido fuerte de Mongat, (cuya columna hubiera producido importantes resultados, á no serle contraria la suerte de las armas ya cerca de Figueras) y puedo lisongearme de que la tranquilidad pública, la libertad é independencia nacional se conservaron bajo mi mando hasta el último estremo.

Las fuerzas de que se compuso mi egército no llegaron jamás á 21.000 hombres. Solo para guarnecer las diez plazas que hay en Cataluña (entre las cuales dos son de primera clase) se necesitan 25.000, de manera, que teniendo algunas de ellas con solo la mitad de su dotación, las mas con dos tercios, y muy rara, con el completo, únicamente me quedaban para operar en el campo los 6.000 hombres sobre dichos, á pesar de que siempre sonaron 4, 5 y hasta 6 divisiones.

La cortedad de tales guarniciones, por otra parte, imposibilitaba que estas hiciesen salidas, sino muy cortas, como en muchos casos hubiera convenido.

Los recursos pecuniarios recibidos del Gobierno durante esta campaña solo ascienden á tres millones de reales, pues aunque se enviaron á la tesorería del Egército letras ó libranzas de bastante importe, no eran realizables, y por consiguiente de nada sirvieron. Todolo demas tuve que proporcionarmelo por mí. Barcelona, entre otros arbitrios, presenció el inusitado de hacer moneda con los cañones.

La correspondencia con el mismo Gobierno fue siempre dificultosa y en largas temporadas interrumpida: á veces no la tuve sino verbal por los edecanes que enviaba frecuentemente á esponerle mis apuros y crítica posicion... Y el último oficio del ministerio, llegado á Barcelona en la noche del 5 de Noviembre (cuando ya la ocupacion por los enemigos habia tenido lugar) es de fecha 2 de Setiembre, lo que equivale á decir, que desde esta época nada supe por él, de cuanto pasaba en Cádiz.

Ni aun noticia de la salida del Rey de aquella ciudad la recibí, sino por mis espias metidos entre los franceses.

Por fin disuelto con las Córtes el Gobierno Constitucional; restituido el Rey al poder absoluto; y cuando el egército contrario reforzado por el 5.º cuerpo al mando del Mariscal Lauriston, preparaba á las únicas plazas que quedaban defendiéndose en Cataluña Barcelona, Tarragona y Hostalrich, un sitio formidable: ¿qué habia que hacer? La prolongacion de la defensa rayaba en lo imposible; esperanza, no había ninguna; y sepultarse entre ruinas era absolutamente inútil. Tan graves como dolorosos motivos me obligaron á concluir con el Mariscal Moncey para la ocupacion de dichas tres plazas, el tratado de 1.º de Noviembre de 1823; tratado digno de los bravos del primer egército de operaciones, digno de los habitantes de aquellas, y que puede colocarse entre los mas honoríficos de que hay egemplo.

Consecuente á lo estipulado por él, se puso á mi disposicion el Bergantin de guerra Francés Le Cuirassier para que me condugese, com á los oficiales é individuos que podian seguirme, al puerto de Inglaterra que yo designase; y embarcado con ellos la noche del 7 de Noviembre, y bien asistido durante la navegacion, llegué á Plymouth y desembarqué allí el 30 de dicho mes entre tan alagüeñas com inesplicables aclamaciones.

Las mismas se me prodigaron despues en todos los puntos que fui conocido hasta Lóndres, donde entré y permanecí los cuatro primeros dias sin que nadie lo supiese.

Cuando llegué á esta capital, aunque ya curado del pecho, sufria estraordinariamente de la pierna. No podia montar á caballo, ni marchar á pié sino era apoyado con el brazo izquierdo en otra persona, y un pequeño báculo en la mano derecha. Casi se desesperanzaba de mi recobro; pero á los cuidados y al desinteres de Sir Astley Cooper y á los que por su mediacion, con igual desprendimiento, me dispensó en Bath el Doctor Gaitskell, debo el hallarme hoy tan bueno como estaba antes de la jornada de Nuria. Seria yo un ingrato si desaprovechase la ocasión de dar aquí á ambos este público testimonio de mi reconocimiento.

Ya pues, restablecido de todos mis males físicos, sobrellevo mi segunda emigracion en esta Corte; en la que, á pesar de mis deseos y repetida manifestacion de querer vivir oscura y aisladamente, subsisto obsequiado, honrado, considerado cada dia mas, y esperimentando sin interrupcion aquellos rasgos de nobleza, de generosidad y de virtud que solo son propios de un pueblo libre y grande.

FRANCISCO ESPOZ Y MINA

Londres 20 de Diciembre de 1824.

COMENTARIO : Buen ejemplar de navarro (de Idozin) éste Espoz y Mina
vascos BARRA
JAVIER AROCENA

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